Tomé la decisión de adelantarme y avisarle a él que nuestra intimidad corría peligro, que probablemente existirán personas que ahora conocen aquello que habíamos ocultado por los últimos 10 meses y que nos había sentado tan bien a los dos. Pero ya imaginaba su reacción.
Tomé el teléfono y marqué seguidamente el número 6 (cuando lo dejo presionado, automáticamente marca el número almacenado en la memoria) y en un santiamén me contestó:
-Hola.
-Como estás…
-Qué tal. ¿Pasa algo?
-Pues tengo un problema (suspirando). Creo que alguien va a entrar a mi correo y ver el vídeo, ya sabes, el nuestro. Bueno, tal vez.
-Pero por qué…
-No se, paso y ahora no se qué hacer.
-Cómo que pasó…
-Sí, nomás pasó, que confundí mi computadora con la de alguien más que ahora tiene total acceso a mi vida completa.
-¡Pero cómo puede ser que alguien confunda su computadora con la de alguien más, es como si yo me subiera en un coche que no es el mío!
-Pues si estuviera en tu lugar de estacionamiento, fuera del mismo color y modelo y tuvieras la llave, seguro que te lo llevabas.
-A no, yo no pero tú por lo visto sí.
-Pues qué te digo, sí yo sí. Y ahora no se qué vamos a hacer.
-Carajo… sabes qué, hablamos después ahora mismo no puedo.
Se portaba como si no supiera que en la actualidad la vida completa de una persona común y corriente se centra entera en su teléfono celular, su correo electrónico y su computadora, pero parecía no afectarle mucho, o por lo menos cosas más importantes tendría qué hacer. Allá él, yo ya me había ocupado de decirle antes de que alguien más lo pudiese hacer.
Me senté a llorar y no podía más que sentir vergüenza. No se trataba de un vídeo de esos color verde tipo nightvision que circulan alegremente por internet, no, se trataba de algo un tanto más lindo, de un jugueteo entre dos personas que acabó entre un par se sábanas y que no mostraba mayores detalles, pero lamentablemente era claro quienes tenían las dos líneas de créditos principales en esa película soft casera y, peor que manejar la inquietud que me invadía o pensar en la incertidumbre y enojo de la que Juan ahora mismo era preso, era tratar de imaginar -aunquesea un poquito- lo que sucedería si la historia llega a oídos, (o peor aún, a la pantalla) de su novia, que evidentemente no es esta redactora.
Pienso un par de minutos, y sólo consigo llegar a una verdad a leguas cierta:
Probablemente esté mal entrar a una agencia por otras dotes que no son ciertamente una ventaja competitiva en el terreno laboral, pero ahora estoy segura que está igual de mal (o peor) enredarse por equis o ye circunstancias con alguien que tiene novia. Pero lo hecho hecho está y lo más tonto que se puede hacer es sentir culpa, así que vuelvo a pensar… y así me quedo dormida.
De enojo fácil y personalidad un tanto bipolar, me llama por teléfono al mismo tiempo que me despierta:
-Si esto se sale de control, vas a ver el caos que se provoca. Y todo será tu culpa.

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